Me siento como una llama. La mecha de una vela que en cualquier momento puede apagarse, o hacerse más grande. Se trata de fuego, el elemento más temido, pero a su vez uno de los más frágiles. Un simple soplo de viento, una gota de agua, puede acabar con él. Pero sin embargo, poca gente se atreve a tocarlo. Poca gente es tan valiente de coger el fuego, como cogemos agua, tierra o aire. Cuatro elementos incompatibles entre sí, pero a la vez inseparables, que forman parte de un ciclo que nunca acaba.
Esa llama sabe que tiene fecha de caducidad, que un momento se apagará y no volverá a encenderse. No por ella misma, sino porque sabe que su vela de un momento a otro se apaga. Por que sabe que habrá un momento que no quede cera que se convierta en aceite, y que la mecha quedará ahogada y entonces morirá. Pero hasta entonces, la llama sabe que tiene que luchar, que tiene que sobrevivir todo lo que pueda y que tendrá momentos de esplendor, y momentos en los que se sentirá muy pequeñito.
Yo, ahora, me siento pequeñito tras un momento de esplendor. Me siento más obligado que nunca de luchar y de sobrevivir. Pero sé que una vez que me recupere, el esplendor será más grande que nunca. Mi momento habrá llegado, y entonces podré disfrutar todo lo que pueda para cuando venga otra mala época.
Todo es un ciclo, como el de los cuatro elementos. Nadie vive épocas hermosas para siempre. Nadie puede decir que ha vivido una vida absolutamente plena. Porque quien diga eso no tiene experiencia, no sabe lo que es luchar y entonces su vida no habrá tenido sentido. Para vivir, hay que caerse, porque la gracia de vivir, está en levantarse. Y si no, que se lo digan a la llama.
No hay comentarios:
Publicar un comentario