miércoles, 30 de octubre de 2013

Mi vida empieza hoy.

Se acabó. Tras cuatro meses de lucha, de no saber quien soy, de no ser yo, se acabó mi tratamiento. Hoy me he tomado mi última media pastilla, hoy será (espero) la última vez que entre en mi organismo una sustancia antidepresiva. Hoy, puedo decir, vuelvo a ser yo.

He estado cuatro larguísimos meses viviendo en una nube. No podía expresar con totalidad mis sentimientos, algo me cohibía, y me costaba soltarme, me costaba sacar todo lo malo de mí. Hay una imagen muy explicativa, o más que una imagen, un momento. Se trata del capítulo 20x17 de 'Los Simpson', llamado 'Los buenos, los tristes y los drogados'. En él, Lisa Simpson recibía un tratamiento para estar más de acuerdo con el mundo que le rodeaba, y no vivir como una frustrada. No se trata exactamente de lo que me pasaba a mí, pero sí era algo parecido. 


Cuando comencé a tomarlas, veía el mundo de lo más miserable. Contraefecto lo llaman. Al principio vives intensamente lo que buscas cambiar, para de repente vivir un cambio enorme. No veía el mundo como Lisa, pero algo parecido. Todo comenzaba a ser bonito, mis problemas parecían desvanecerse, y mi vida empezaba a ir bien. O eso creía. Lo que he vivido estos cuatro meses han sido grandes golpes de realidad, en los que me agobiaba y no veía la salida. Me sentía como en un pozo, en el cual me tiraron. El pozo tenía todo lo que podía tener, pero tenía un montón de maderas que tenía que construir si quería salir de allí. Y a pesar de todas las comodidades, no quería estar allí.

No puedo hacer un balance positivo de algo que te trastoca el sistema nervioso y la percepción de la realidad. Ahora puedo ver la realidad como realmente es, y debo aprender a afrontarla yo solo. El tratamiento iba a durar un mínimo de seis meses. Pero no podía más. No podía vivir engañado. Mi vida en este momento se encuentra en mi mano, y si algo he sacado de tomar estas pastillas, es que soy yo quien maneja mi vida, y debo preocuparme de mí mismo. Centrarme en mí y en lo que me rodea, y no tener la sensación de no avanzar, porque gracias a ello he adquirido una madurez que muchísimos quisieran. 

Ahora me da igual ya lo que hacer, o cómo vivir. Es mi vida, y a quien no le guste, que no mire. Pero desde hoy voy a proponerme ser feliz, luchar por mí y por mi gente, y vivir la vida que las circunstancias me permitan vivir. No voy a pensar en lo que pudiera hacer, o lo que pudiera haber sido. Voy a ser yo, David Marañón. Y sea acompañado de una mujer, de un hombre, o de un gran número de amigos, mi vida, empieza hoy. 

miércoles, 23 de octubre de 2013

Carta a mi padre.

Posiblemente esto es lo más duro que he escrito nunca. Pero necesito desahogarme de alguna manera.

"Hola padre,

¿cuánto tiempo verdad? Ah, sí, 21 años prácticamente y medio. Durante estos 21 años han pasado grandes cosas que te has perdido. Culpa tuya. Desde mis primeros pasos, mi primer día en el colegio, mi paso al instituto, mi graduación, y dentro de posiblemente un año mi graduación universitaria. ¿Cuantas cosas, verdad? 21 cumpleaños, 21 navidades, y un sinfín de momentos en los que podrías haber estado, pero en los cuales no te he necesitado. Y en los cuales tú tampoco quisiste estar.

Cuando le cuento a los demás mi historia, la de por qué sólo tengo madre, no entienden que lo cuente  con tanta naturalidad. Tú para mí no eres absolutamente nadie. De hecho, ni tan siquiera sé cómo eres físicamente. ¿Cómo se puede querer a alguien a quien ni tan siquiera conoces? ¿Cómo se le puede echar de menos? Sabes, los primeros años me costó entender muchísimo cómo un padre no puede querer a un hijo. Lo pasé realmente mal. Pero poco a poco lo fui superando. Sin embargo, en el inicio de la pubertad, necesitaba un referente paterno, necesitaba mis raíces. No te puedes ni imaginar lo que es vivir, ver otras familias y pensar... ¿por qué la mía no es así? Quizás uno de los motivos por los que odio la Navidad, es porque en el cine siempre había un padre y una madre que, junto al árbol, observaban como su hijo abría los regalos con una sonrisa de oreja a oreja. Y tú no estabas para hacer eso realidad.

A los 21 años puedo decir, que aún queriéndote conocer, porque necesito una explicación por tu parte, no puedo hacer eso. Tengo una madre a la que dejaste sola y ha luchado por mí como una jabata. Tengo una familia que no merezco, que me ha hecho sentir hijo de todos y me ha querido como a nadie. Y unos amigos que han hecho que en ocasiones me olvide de querer tener un padre y únicamente dé las gracias por lo que tengo a mi alrededor. 

Sólo tú sabes lo que te perdiste en tu momento. Sólo tú vives echando de menos algo que sí que llegaste a conocer. Tuviste la frialdad de verme, y de pasar de mí. Pues hoy, y tras 21 años de "sufrimiento", soy yo el que pasa de ti. El que deja atrás los fantasmas de un pasado, y el que va a mirar hacia delante. Nunca leerás esta carta, pero si algún día lo haces, espero que sientas como se te rompe el corazón, y como yo no voy a estar allí para repararlo. Perdiste la oportunidad y jamás la recuperarás, llegues a conocerme o no. Espero no encontrarme nunca contigo en mi camino. Ni mi familia ni yo lo merecemos. Y espero que, si tienes más hijos, les hayas dado a ellos todo el cariño que decidiste no darme a mí. 

Hasta nunca,

David.

domingo, 20 de octubre de 2013

Como un caracol

Me siento frágil. Cualquier estímulo externo no hace más que perjudicarme. Me da miedo, y eso me crea una inseguridad que pocas veces había tenido. Parece que camino por un fino hilo entre las cimas de dos montañas, como si fuera un funambulista. Me muevo entre dos mundos, y no sé muy bien por cual decidirme. Ahora mismo mi mente está vacía, y lo único que hago es pensar, dar vueltas a mil cosas y sentirme mal conmigo mismo. 
¿Sabes que pasa cuando coges a un caracol y lo tocas? Se encoge y se mete dentro de su caracola. Pues así estoy yo. Ahora mismo solo quiero protegerme del mundo, porque sé que en cuanto vea la luz, volveré a necesitar verme dentro. Necesito tiempo para tantas cosas, y vivo con la sensación de no disponer de horas, que lo único que me queda es conformarme, y dejar que todo venga rodado. He perdido ganas de esforzarme y de ilusionarme. Busco oportunidades que llegan y que, en cambio, dejo marchar. Busco escapar, y en cambio, me encuentro atado de pies y manos. Una cadena invisible mucho más fuerte que una cadena física me une aquí, y lo único que puedo hacer es dejar de luchar y conformar mi vida en base a esa cadena.
Salgo a pasear, pienso... con la sensación de que el tiempo se para a medida que avanzo mi camino, mi mente deja de pensar y llega a estar completamente en blanco. Me desmaterializo de mi cuerpo para ser dos yo: el físico y el mental. Y ahora mismo no sabría con cual quedarme, porque ambos están completamente derrotados. Volviendo al símil del caracol, éste puede decidir si quedarse dentro del caparazón y estar protegido, o salir a la calle, convertirse en una babosa, y sobreexponerse a más peligros de manera absurda, demostrando gran valentía.
Por el momento, decido ser un caracol, y protegerme de mayores problemas. Puede ser algo de cobardía, pero de valientes está lleno el cementerio.

domingo, 13 de octubre de 2013

Vida.

El hecho de vivir no te da derecho a no hacerlo. Tienes una única vida. ¿Sabes lo maravilloso que es este regalo, sin duda el más perfecto que recibimos? Y lo poco que lo aprovechamos... Nuestra vida no es un bien, no es algo material que poseemos hasta que se acaba, hasta que poco a poco se agota y nos lleva con ella. Nuestra vida es un regalo, inherente a nosotros. Nuestra vida, somos nosotros. 
El mundo es consciente de que cada uno tiene su vida, de que con un simple chasquido miles de vidas acaban por irse, cuando llegan otras nuevas. Todo es un ciclo, todo es un todo, y a la vez un nada. Como nuestra vida.
Creemos que vivimos nuestra vida como no queremos vivirla. Lo que no nos damos cuenta es que el hecho de reconocer eso, hace que dirijamos nuestras acciones y las encaminemos a lo que nosotros llamamos felicidad, o mejor dicho, libertad. ¿Piensa y luego actúa? Lo hacemos siempre al revés. Actuamos, y después pensamos. Y en base a esos pensamientos, realizamos acciones nuevas que luego volveremos a pensar. No pensamos nunca sobre cosas que no existen, sino más bien sobre cosas ya vividas. Pensar no se basa en especular sobre futuribles, cosas inciertas. Pensar es fundar nuestra vida en acciones ya realizadas. 
Nosotros vivimos por vivir. Aprendamos a vivir para vivir. Disfrutemos de cada uno de los momentos que vivimos. No se trata de vivir basándonos en una plenitud vital y una exageración de nuestras emociones, una vitalidad agotadora. Simplemente, vivamos y aprendamos de lo ya realizado. Como escribí al principio, la vida es un regalo, que sólo recibimos una vez en la vida. ¿Vas a desperdiciarlo? No tiene ticket, no se puede devolver si es defectuoso. Como con otras muchas cosas, si nuestra vida está rota, aprendamos a arreglarla. Levántate y piensa qué haces mal. Pero no culpes a los demás. Tu vida es tu vida. Ni del karma, ni del destino, ni de la mala suerte. 
Sólo vive, y viviendo, aprenderás que nada de lo que te pasa es fortuito. Camina, corre, vuela, pero llega a tu destino, pues alcanzarás la plena libertad cuando te des cuenta de que tu vida es tuya. Sé feliz, porque yo lo seré comenzando cada día una nueva aventura. 

viernes, 11 de octubre de 2013

Pesadilla

Me tumbo en la cama. Intento dormir de la manera más plácida posible. Busco la postura perfecta, consigo que las sábanas me tapen de la forma más perfecta. Noto como todo mi cuerpo comienza poco a poco a relajarse, mi cabeza va hundiéndose en la almohada y empiezo a estar en paz conmigo mismo. Pero algo pasa. Empieza a picarme la pierna, y al ir a rascarme, noto que no puedo moverme. No puedo levantar el brazo, ni tan siquiera mover uno de mis dedos. Voy a mirar, pero la cabeza tampoco puedo moverla. Estoy completamente paralizado. De repente, comienzo a sentir una sensación de vértigo y vacío bajo mi cuerpo. La cama cada vez se hace más grande, y yo más pequeño. Empiezo a hundirme, es como si mi cama quisiera tragarme. Sólo puedo gritar, lo más fuerte posible, pero nadie me oye, estoy completamente solo. La sensación de angustia comienza a recorrer mi cuerpo, y veo que no hay marcha atrás. Mi cuerpo sigue sin tener vida, estoy como muerto. Ya estoy al nivel del colchón, y es como si debajo del mismo no hubiera nada. Como si hubiera un gran precipicio. Se me empiezan a tapar con la propia cama las piernas, los brazos... mi cama me está devorando. Cada vez noto más presión en mi cuerpo, y comienza a faltarme la respiración. Una sensación de ahogo cada vez más grande es mi única compañera. El colchón comienza a apretar mi garganta, haciendo que no pare de toser, y todo en la misma posición. Los ojos se me empiezan a cerrar, dejo de ver el techo para sólo ver las sábanas. Estoy muriendo. Doy el último soplo de vida que me queda.

Y despierto.

Me levanto corriendo de la cama, estoy completamente empapado en sudor. Una gran taquicardia se apodera de mí, y me falta el aire. Ha sido una pesadilla tan real, que creí estar viviéndola. Esto se lo achaco a mi medicación. Espero que sea eso. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

Un poco más yo; un poco menos yo

Durante tres meses y medio he estado recibiendo un tratamiento. Y ahora que lo estoy dejando, me veo en la necesidad de escribir lo que siento y lo que me pasa por la cabeza. Por primera vez en mi vida, sólo puedo desahogarme realmente por aquí.
Han sido 3 meses de lucha, 3 meses en los que lo he pasado realmente bien, y a su vez realmente mal: náuseas, vómitos, jaquecas, insomnio, falta de apetito, más de 10 kilos perdidos, y una eliminación total de cualquier tipo de droga en mi cuerpo. Es decir, una auténtica montaña rusa. ¿Ha merecido la pena?
En parte sí. He podido ser un poco más yo, es decir, el David risueño que era hace más de un año, que se reía por todo, energético, en definitiva, un David algo más feliz. 
Pero en parte no. Ya no era el David que superaba todo sin ningún tipo de problema, que si tenía que llorar lloraba o reía. Estos tres meses no controlaba mis emociones, mis sentimientos, no aguantaba como aguantaba antes, y me derrumbaba con mayor facilidad cuando menos tenía que derrumbarme. En definitiva, me he sentido un robot.
No sé si habrá merecido la pena. Quizás ha sido un precio demasiado alto que pagar para darme cuenta de que mi felicidad depende únicamente de mí, y de que tengo que superar mis problemas con la mejor de mis sonrisas. Me he dado cuenta de que lo que hace feliz a la gente de mi alrededor, es verme a mí feliz. 
Sólo llevo dos días quitándome el tratamiento de manera progresiva, y no están siendo dos días fáciles: pesadillas, paranoias, ansiedad... pero tengo claro que soy fuerte para poder con esto y mucho más.
La cabeza humana es lo que tiene: sólo ella sabe controlarse. Si la desprogramas para luego programarla de nuevo, necesitas un proceso posterior. Y en ese proceso es en el que estoy metido. No sé si seré capaz de superarlo. Pero las ganas no me faltan.

lunes, 7 de octubre de 2013

Buenas noticias

Hoy he ido al médico. Dejo el tratamiento. En un mes, vuelvo a ser yo. Adiós antidepresivos. Hola David :)