Pasada una hora desde que despertó, dos guardias se acercaron a su celda y le dijeron esas dos palabras que deseaba años escuchar: eres libre. Libertad, qué bonito tu nombre (pensó). De repente se dio cuenta de lo que estaba por llegar: ver a su familia, amigos, volver a su barrio, volver a su vida. Volver a la que era su vida, es decir, rehacer una nueva. Ir a comprar el pan, ir a la farmacia, pararse con amigos o con vecinos cuando fuera a hacer recados. Lo que para nosotros es pura rutina e incluso odioso, era para él un regalo absolutamente perfecto. Porque hacer todo eso implica lo anteriormente dicho, libertad.
Tras recoger sus pertenencias personales, despedirse del personal, firmar su puesta en libertad, cumplimiento de condena y vigilancia por un año, comenzó a ver los primeros atisbos de felicidad cuando el olor cambiaba. Era brisa limpia, brisa que venía completamente de la calle y que no quedaba estancada. Estaba lloviendo, por lo que el clima era algo más frío que de lo normal. No disponía de paraguas, ni si quiera de capucha. Pero no le importaba. Tardó en salir, puesto que todo lo que había fuera de las verjas ahora le daba vértigo, y simplemente tenía que acostumbrarse.
Cuando dio el primer paso, la primera gota de agua cayó sobre su cara, en la frente, y comenzó a deslizarse por su nariz y rostro. Y él comenzó a notar como poco a poco iba recobrando vida: se reconoció a sí mismo por primera vez en cinco años. Cada gota que caía sobre él, era una dosis de vitalidad, de optimismo, de felicidad, y su cuerpo lo agradecía enormemente. Nadie le fue a buscar, pero por petición expresa suya, ya que prefería coger el autobús e ir directamente a su barrio. Al de toda la vida.
Sentado esperando el autobús, como si de Forrest Gump se tratara, comenzó a contarle a una señora que estaba allí todo lo que había pasado. Y la señora, emocionada con los ojos cristalinos, le cogió de las manos y le dijo lo humano que era al hacer eso. Y que si se encontraba bien, siguiera rehaciendo su vida. La lluvia cada vez iba a más, y por primera vez en mucho tiempo, oía el trueno de los rayos caer entre naturaleza (urbana). Montó en el autobús, intentando ver el paisaje, pero no se veía absolutamente nada. De repente, una luz blanca comenzó a cegarles y a dificultar la visión del conductor. Cada vez se acercaba más, y más, y más...
Y de repente despertó. Sus ansias de libertad le hacían soñar cada noche con su puesta en libertad y con sus aventuras fuera de la cárcel. Pero su subconsciente no le permitía pensar eso, sino más bien que no le quedaba otro remedio que esperar y que su ansiada libertad llegaría algún día. Esa manera de ansiar vida, le hacía cegarse y no darse cuenta de que lo que estaba viviendo no era su vida, o al menos la conseguida hasta hora. Volvió a dormirse a los cinco minutos. Y volvió a soñar con libertad.