jueves, 21 de noviembre de 2013

Libertad.

Su último día en la cárcel. Se acababa de despertar. El eco de gritos, de llantos, de golpes contra las verjas, es su particular despertador. Pero esa mañana era distinto. Sonaba bonito, ya que era la útlima vez que lo oiría. Llevaba allí encerrado 5 años, hasta el punto de haber perdido la noción del tiempo. Allí no hay distinción entre miércoles o domingos. Siempre se realiza la misma rutina: desayuno, trabajos, descanso, trabajos, comida, y tarde libre. Él aprovechó para sacarse mientras la carrera de psicología, y aprendió bastante no sólo de la carrera, sino estudiando a sus compañeros, los cuales eran grandes ejemplos de los problemas psicológicos que algún día podría tratar. 

Pasada una hora desde que despertó, dos guardias se acercaron a su celda y le dijeron esas dos palabras que deseaba años escuchar: eres libre. Libertad, qué bonito tu nombre (pensó). De repente se dio cuenta de lo que estaba por llegar: ver a su familia, amigos, volver a su barrio, volver a su vida. Volver a la que era su vida, es decir, rehacer una nueva. Ir a comprar el pan, ir a la farmacia, pararse con amigos o con vecinos cuando fuera a hacer recados. Lo que para nosotros es pura rutina e incluso odioso, era para él un regalo absolutamente perfecto. Porque hacer todo eso implica lo anteriormente dicho, libertad.

Tras recoger sus pertenencias personales, despedirse del personal, firmar su puesta en libertad, cumplimiento de condena y vigilancia por un año, comenzó a ver los primeros atisbos de felicidad cuando el olor cambiaba. Era brisa limpia, brisa que venía completamente de la calle y que no quedaba estancada. Estaba lloviendo, por lo que el clima era algo más frío que de lo normal. No disponía de paraguas, ni si quiera de capucha. Pero no le importaba. Tardó en salir, puesto que todo lo que había fuera de las verjas ahora le daba vértigo, y simplemente tenía que acostumbrarse.

Cuando dio el primer paso, la primera gota de agua cayó sobre su cara, en la frente, y comenzó a deslizarse por su nariz y rostro. Y él comenzó a notar como poco a poco iba recobrando vida: se reconoció a sí mismo por primera vez en cinco años. Cada gota que caía sobre él, era una dosis de vitalidad, de optimismo, de felicidad, y su cuerpo lo agradecía enormemente. Nadie le fue a buscar, pero por petición expresa suya, ya que prefería coger el autobús e ir directamente a su barrio. Al de toda la vida. 

Sentado esperando el autobús, como si de Forrest Gump se tratara, comenzó a contarle a una señora que estaba allí todo lo que había pasado. Y la señora, emocionada con los ojos cristalinos, le cogió de las manos y le dijo lo humano que era al hacer eso. Y que si se encontraba bien, siguiera rehaciendo su vida. La lluvia cada vez iba a más, y por primera vez en mucho tiempo, oía el trueno de los rayos caer entre naturaleza (urbana). Montó en el autobús, intentando ver el paisaje, pero no se veía absolutamente nada. De repente, una luz blanca comenzó a cegarles y a dificultar la visión del conductor. Cada vez se acercaba más, y más, y más...

Y de repente despertó. Sus ansias de libertad le hacían soñar cada noche con su puesta en libertad y con sus aventuras fuera de la cárcel. Pero su subconsciente no le permitía pensar eso, sino más bien que no le quedaba otro remedio que esperar y que su ansiada libertad llegaría algún día. Esa manera de ansiar vida, le hacía cegarse y no darse cuenta de que lo que estaba viviendo no era su vida, o al menos la conseguida hasta hora. Volvió a dormirse a los cinco minutos. Y volvió a soñar con libertad. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Difícil.

Tras mucho tiempo sin escribir sobre lo que me pasa, hoy estoy como antes. Hoy vuelvo a sentir de nuevo lo que me pasaba hace 6 meses. Hoy, me siento vacío, sin ganas, sin ánimos. Y no, no es circunstancial. Sé que mañana se me va a pasar, y debería pasarse, porque ahora mismo mi vida es prácticamente redonda. Lo tengo todo para estar bien. ¿Pero qué falla en todo esto? Fallo yo. 

Mi problema sé que es algo que tendré con mayor o menor intensidad toda mi vida, y he de aprender a vivir con él. Intenté aprender a vivir empastillado. ¿Resultado? Un engaño de vida. Intenté aprender a vivir sin nada de ganas de ello, antes de medicarme. ¿Resultado? Una vida bastante ruin en cuanto de ánimos se trataba. Quería cambiar de carrera, quería cambiar de vida, me agarraba a cualquier cosa, con tal de no repetir algo un día seguido, porque enseguida caía en rutina y creía que mi vida ya no tenía arreglo. Ahora, tras medicarme, tras dar ese paso, y tras acabar mi tratamiento, intento vivir de la mejor manera posible. Y se podría decir que lo estoy consiguiendo, que por fin logro apartar mis problemas y separarlos. Pero no. Sigo frenando mis pasos por problemas que me he ido echando a la espalda a lo largo de mi vida, y que hacen que cada vez ande más despacio.

Sé que tengo que cambiar mi manera de pensar, mi manera de actuar. La gente me anima, me apoya, sé que tengo a muchísimas personas a mi alrededor en las que confiar y en las que posar mi cabeza en sus hombros cuando paso malos momentos. Pero si no cambio yo, no hay nada que hacer. El problema de todo esto, es que no sé cambiar, en parte porque no puedo. Si tengo una vida tan buena, ¿por qué tengo que vivir días como hoy en los que no puedo ni levantarme de la cama? ¿Por qué tengo que estar desanimado cuando lo que me apetece es salir, dar una vuelta, o incluso ir a clase, con el fin de ver a mi gente? No quiero achacarle todo esto a mi problema, de hecho sé que todo radica en mi y que al final podré cambiarlo. Pero cuando mi desánimo me echa tanto peso encima, y me hace caminar tanto, no puedo cambiarlo. Vivo día a día levantándome y pensando en lo buena que es mi vida. ¿Que podría mejorar? Como la vida de todos. ¿Que podría mejorar yo? No quiero mejorar. Quiero poder ser como los demás, y que los ánimos no puedan con las ganas.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Carta al David de 25 años.

Hola David,

¿Qué tal te va todo? Bueno, antes de nada me presento. Soy tú. Soy David, pero cuatro años atrás, cuando tan sólo tenías 21 años. Te cuento un poco cómo está siendo mi vida ahora mismo, para que recuerdes en qué momento de tu vida escribiste esta carta. Hace ya 2 semanas que dejé los antidepresivos, y aunque muchas veces tengo la sensación que tenía antes de tomarlos, sé que voy a luchar contra ella, cueste lo que cueste y sin ayuda de cualquier tipo de medicina. No hay mejor medicina que el empeño que hay que poner sobre uno mismo. Me estoy cuidando más que nunca, y por primera vez en mi vida, empiezan a preocuparme mi físico y mi imagen. Estoy conociéndome, descubriendo nuevos mundos (¡que me están encantando por cierto!) y por primera vez en mis 21 años de vida, empiezo a tomar las riendas de mi vida, que lo mío me está costando. La situación en casa no es la mejor que podrías tener, pero hay cariño, y sobre todo mucho amor. En cuanto a los estudios, estoy a un paso de terminar la carrera que tantos dolores de cabeza me ha dado. Por fin veo la luz al final del túnel, y dentro de 8 meses seré Graduado en Derecho. Suena importante.

Te escribo para recordarte que has luchado mucho para estar donde estás. No sé como serás, pero espero que sigas siendo humilde, o al menos, que no se te suba nada a la cabeza. Quiero que hayas cumplido más de un sueño en los que ahora baso yo mi existencia, y que hayas podido hacer locuras que en este momento no puedes permitirte. Espero que sigas manteniendo a tus amigos de la universidad, y de no ser así, al menos al leer esto, acuérdate de ellos y háblales aunque sea para ver cómo les va la vida. Seguro que les hace ilusión. Quiero que te sigas cuidando, que sigas sin fumar, y que sonrías cada día por haber superado todas tus barreras y ser por fin un hombre libre (hombre, ¡cómo suena!). 

No sé si habrás encontrado el amor de tu vida, pero de ser así, al menos que sea como alguna de las personas que me he encontrado durante este año, y te hagan sentir especial aun cuando yo me veía un auténtico monstruo. Que te haga soñar, y sobre todo, sonreír a cada momento. Y si lo has encontrado, cuídal@. Todo el mundo te está cuidando ahora, tienes que devolver parte de todo este cariño que estoy recibiendo porque nunca tendré tiempo suficiente para devolver tanto amor. Y si no lo has encontrado, no te preocupes, siempre he dicho que me veo siendo padre soltero (de Daniela y Lucas, que ya tengo los nombres pensados). 

Quiero que ya hayas acabado los dos másters, o la carrera que haya decidido empezar. Pero sea lo que sea, que tengas tu vida algo encauzada, y que pises en la vida con pies de plomo. No mires nunca por encima del hombro a nadie, pero no dejes que otros lo hagan. Y que los insultos no te afecten como me han afectado estos 21 años atrás. Por fin he aprendido a pasar de todo lo malo que viene a mi vida, así que espero que sigas así. ¡Ah! Se me olvidaba. Espero que hayas acabado al menos una parte de los tres libros que quieres escribir, y que le haya interesado a alguna editorial. 

No sé qué partes de aquí se cumplirán, o cuáles serán distintas radicalmente. Pero como vaya por el camino que estoy yendo, estoy seguro que la felicidad, eso que jamás he buscado, por fin vendrá a mí en pequeñas dosis llamadas bienestar. Un saludo, y el más grande de los abrazos,

David Marañón. 16 de Noviembre de 2013

domingo, 3 de noviembre de 2013

El baile.

Ella se encontraba sentada frente a su tocador. Ladeada, miraba coqueta su reflejo. Se gustaba. Mientras se daba los últimos retoques de maquillaje, con la boca entre abierta de una manera muy provocativa, esperaba con ansias el que sería el gran momento, su gran día. No se iba a casar, no iba a su pedida de mano, ni había aprobado unas oposiciones y se arreglaba para celebrarlo. Iba, por primera vez, a bailar con quien era su amado. 

Cogió el bolso, se acicaló el pelo, escondió las pocas arrugas que su traje largo albergaba, y con un abrigo puesto que le daba aún más elegancia, salió de casa y tomó un taxi. Comenzaba a estar nerviosa, cada vez más. Parecía que el tiempo no pasaba, y que el taxi no andaba. Pero cuando se quiso dar cuenta, ya estaba a las puertas del casino, con esa mirada observándole desde fuera del automóvil. Pagó y le regaló las vueltas al taxista, sin tan siquiera mirarle a la cara, ya que no podía apartar su vista del que sería su pareja de baile esa noche. El hombre se acercó, abrió la puerta, y como si de una estrella de cine se tratase, su dama salió del coche con el porte más elegante jamás visto. Con una sonrisa tímida, un gracias salió de su boca, y sin esperarle, se dirigió a las puertas del casino. Él, acelerando el paso, la alcanzó y le ofreció su brazo para entrar los dos juntos. Ella, sin dudarlo, cruzó su brazo con el de su amado.

Una vez dentro, y pasados unos minutos, comenzó a sonar la música. Un vals precioso, vienés puro, inundó de melodía y bienestar una sala donde las parejas empezaron a salir a bailar. Ellos no iban a ser menos. Al dirigirse a la pista, él se paró en uno de los extremos, pero ella, con una emoción de una niña de 5 años, le pidió ir al centro de la pista. Él no pudo negarse. Una vez en el centro de la pista, comenzaron a bailar como si de Ginger Rogers y Fred Astaire se tratasen. Ellos y la música comenzaron a ser uno. Al paso de un, dos, tres y con el juego de la cola del vestido de ella, la pareja ensimismó al resto de la sala. Bailaban con tanta pasión, con tanto deseo... Se notaba que llevaban bastante tiempo deseando que llegara este dulce momento. Así estuvieron horas, y horas... Hubo un momento que ella, ya extasiada prácticamente, se quitó los tacones. Se subió a los pies de su caballero, y rodeando su cuello con sus brazos y sus tacones agarrados en una mano, apoyó la cabeza en su hombro, cerró los ojos, y se dejó llevar...

Cuando ella abrió los ojos, se encontró de nuevo con su realidad. Su amado hacía dos años que no estaba a su lado, y como el aniversario pasado, desearía seguir bailando sobre los zapatos de su marido. La diferencia es que, este año, al menos, no sacó su traje del armario, el mismo que utilizó para bailar esa noche, ni el traje del marido, con el fin de evocar cualquier tipo de recuerdo. Ese aniversario, se puso de pie sobre los zapatos de su marido, y por fin se dio cuenta de algo. No estaba. No habría más bailes. Pero todos aquellos que realizaron antes de que su marido dejara la vida atrás, sin duda, eran los más preciosos que jamás se hubieran visto. Ya no había sitio para esos bailes. Pero el amor por los mismos, y por la persona con quien los bailaba, nunca desaparecerían.