domingo, 3 de noviembre de 2013

El baile.

Ella se encontraba sentada frente a su tocador. Ladeada, miraba coqueta su reflejo. Se gustaba. Mientras se daba los últimos retoques de maquillaje, con la boca entre abierta de una manera muy provocativa, esperaba con ansias el que sería el gran momento, su gran día. No se iba a casar, no iba a su pedida de mano, ni había aprobado unas oposiciones y se arreglaba para celebrarlo. Iba, por primera vez, a bailar con quien era su amado. 

Cogió el bolso, se acicaló el pelo, escondió las pocas arrugas que su traje largo albergaba, y con un abrigo puesto que le daba aún más elegancia, salió de casa y tomó un taxi. Comenzaba a estar nerviosa, cada vez más. Parecía que el tiempo no pasaba, y que el taxi no andaba. Pero cuando se quiso dar cuenta, ya estaba a las puertas del casino, con esa mirada observándole desde fuera del automóvil. Pagó y le regaló las vueltas al taxista, sin tan siquiera mirarle a la cara, ya que no podía apartar su vista del que sería su pareja de baile esa noche. El hombre se acercó, abrió la puerta, y como si de una estrella de cine se tratase, su dama salió del coche con el porte más elegante jamás visto. Con una sonrisa tímida, un gracias salió de su boca, y sin esperarle, se dirigió a las puertas del casino. Él, acelerando el paso, la alcanzó y le ofreció su brazo para entrar los dos juntos. Ella, sin dudarlo, cruzó su brazo con el de su amado.

Una vez dentro, y pasados unos minutos, comenzó a sonar la música. Un vals precioso, vienés puro, inundó de melodía y bienestar una sala donde las parejas empezaron a salir a bailar. Ellos no iban a ser menos. Al dirigirse a la pista, él se paró en uno de los extremos, pero ella, con una emoción de una niña de 5 años, le pidió ir al centro de la pista. Él no pudo negarse. Una vez en el centro de la pista, comenzaron a bailar como si de Ginger Rogers y Fred Astaire se tratasen. Ellos y la música comenzaron a ser uno. Al paso de un, dos, tres y con el juego de la cola del vestido de ella, la pareja ensimismó al resto de la sala. Bailaban con tanta pasión, con tanto deseo... Se notaba que llevaban bastante tiempo deseando que llegara este dulce momento. Así estuvieron horas, y horas... Hubo un momento que ella, ya extasiada prácticamente, se quitó los tacones. Se subió a los pies de su caballero, y rodeando su cuello con sus brazos y sus tacones agarrados en una mano, apoyó la cabeza en su hombro, cerró los ojos, y se dejó llevar...

Cuando ella abrió los ojos, se encontró de nuevo con su realidad. Su amado hacía dos años que no estaba a su lado, y como el aniversario pasado, desearía seguir bailando sobre los zapatos de su marido. La diferencia es que, este año, al menos, no sacó su traje del armario, el mismo que utilizó para bailar esa noche, ni el traje del marido, con el fin de evocar cualquier tipo de recuerdo. Ese aniversario, se puso de pie sobre los zapatos de su marido, y por fin se dio cuenta de algo. No estaba. No habría más bailes. Pero todos aquellos que realizaron antes de que su marido dejara la vida atrás, sin duda, eran los más preciosos que jamás se hubieran visto. Ya no había sitio para esos bailes. Pero el amor por los mismos, y por la persona con quien los bailaba, nunca desaparecerían.  

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