No logro entender
cómo, pero he llegado a un punto en el que no sé si estoy vivo o muerto, si
siento o padezco. Lo único de lo que me doy cuenta es de mi ruin y vil
existencia. De que he vivido únicamente basándome en el rencor y la desgracia
ajena. Tantos llantos, tantas lágrimas derramadas y tantas personas a las que,
gratuitamente, he herido.
Desde el momento que
comencé en este grupo de sicarios, supe que antes o después nada terminaría
bien. La existencia solamente nos hace ser partícipes de nuestra propia vida.
Y, mi vida, no ha sido vida, ha sido muerte. La de cada inocente que he matado
sin piedad.
Me gustaría que algún
día se me recordara no como aquel asesino a sueldo, sin ningún tipo de
escrúpulo. Ni como aquel salvaje que, despreocupado de lo que los demás
sintieran, ha disfrutado plenamente de su vida. Quiero ser recordado como
aquella persona que justo antes de morir se dio cuenta de tremendo daño
realizado. No quiero que nadie me perdone. Quiero perdonarme a mí mismo.
Te quiso, te quiere, y
desde donde quiera que esté ahora mismo, te querrá
Darío
San Andrés
No hay comentarios:
Publicar un comentario