jueves, 19 de diciembre de 2013

19 de diciembre

Ella se marchó. Él, sin embargo, se quedó sentado en ese banco de aquel parque, esperando no sabía muy bien el qué. Con una maleta de piel marrón a sus pies, y sin un solo euro en la cartera, decidió esperar allí a que su suerte cambiara. La gente que iba por la calle seguía haciendo su vida, y él, sin embargo, allí estaba, con la mirada perdida, mirando al frente. Nada ni nadie podía perturbar ese estado emocional.

Todo empezó a moverse a cámara lenta. Él notaba que iba a ritmo normal, pero que todo a su alrededor empezaba a ralentizarse. Los ruidos hacían más eco, las risas de los niños jugando retumbaban más en sus oídos, los gorriones parecían águilas con esos quejidos que emitían, y el agua de la fuente que tenía enfrente parecía muy espesa y pesada, veía cada gota, cada resplandor en los reflejos cristalinos...

Empezó a oscurecer lentamente, los rayos del sol comenzaron a disiparse para dar paso a una penumbra que avecinaba una gran tormenta. La gente del parque empezó a irse, los niños lloraban porque sus juegos terminaban y se resistían a abandonar su divertimento. Y allí, en soledad, con su mirada perdida, se quedó él. De golpe empezó a oír un gran estruendo, que cada vez se iba aproximando más. Todo seguía a cámara lenta. Notó como las gotas golpeaban las hojas, los árboles comenzaban a ruborizar, y una gran brisa fría anunciaba lo siguiente: una gran orquesta de agua y truenos que él mismo iba a sufrir allí sentado.

El agua comenzó a mojarle, su pelo peinado hacia arriba comenzó a descender, y su visión empezó a nublarse. Sin embargo, ni se inmutó. Los relámpagos iluminaban sus vistas, y los truenos le hacían parecer más débil. Pero no se movió de allí. Su suerte, ya había cambiado. Y no tenía donde ir.

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