Ella se marchó. Él, sin embargo, se quedó sentado en ese banco de aquel parque, esperando no sabía muy bien el qué. Con una maleta de piel marrón a sus pies, y sin un solo euro en la cartera, decidió esperar allí a que su suerte cambiara. La gente que iba por la calle seguía haciendo su vida, y él, sin embargo, allí estaba, con la mirada perdida, mirando al frente. Nada ni nadie podía perturbar ese estado emocional.
Todo empezó a moverse a cámara lenta. Él notaba que iba a ritmo normal, pero que todo a su alrededor empezaba a ralentizarse. Los ruidos hacían más eco, las risas de los niños jugando retumbaban más en sus oídos, los gorriones parecían águilas con esos quejidos que emitían, y el agua de la fuente que tenía enfrente parecía muy espesa y pesada, veía cada gota, cada resplandor en los reflejos cristalinos...
Empezó a oscurecer lentamente, los rayos del sol comenzaron a disiparse para dar paso a una penumbra que avecinaba una gran tormenta. La gente del parque empezó a irse, los niños lloraban porque sus juegos terminaban y se resistían a abandonar su divertimento. Y allí, en soledad, con su mirada perdida, se quedó él. De golpe empezó a oír un gran estruendo, que cada vez se iba aproximando más. Todo seguía a cámara lenta. Notó como las gotas golpeaban las hojas, los árboles comenzaban a ruborizar, y una gran brisa fría anunciaba lo siguiente: una gran orquesta de agua y truenos que él mismo iba a sufrir allí sentado.
El agua comenzó a mojarle, su pelo peinado hacia arriba comenzó a descender, y su visión empezó a nublarse. Sin embargo, ni se inmutó. Los relámpagos iluminaban sus vistas, y los truenos le hacían parecer más débil. Pero no se movió de allí. Su suerte, ya había cambiado. Y no tenía donde ir.
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