Cuando nos da por pensar mal, pensamos fatal. Se nos mete una idea pesimista o, mejor dicho, tremendamente negativa y la apoyamos y seguimos durante el resto de día o días. Somos nosotros mismos los que alimentamos nuestra negatividad. Vale, sí, puede que por culpa de estímulos externos o de actos que realizan los demás hacia nosotros. Pero en definitiva, quien no cree o piensa algo, no lo hace su medio de vida.
Con mi problema, cualquier cosa que me ocurre o pasa me afecta en gran medida. Y es porque yo quiero. Y ayer, entendí todo.
Durante mi día recibí una serie de cosas que hicieron que guardara por un momento mis pensamientos negativos, mi sentimiento de malestar. Cosas que no a todo el mundo puede que gusten, pero al menos a mí, me encantaron. Al finalizar el día, tenía una sonrisa de oreja a oreja, y todo ello mientras estudiaba filosofía (increíble pero cierto). Y entonces me di cuenta de algo: todo lo que me pasó lo quise agarrar con todas mis fuerzas, y con ello conseguí olvidarme de mis malos sentimientos. Y lo conseguí.
Me he dado cuenta de algo que todo el mundo repite, pero que nunca he hecho caso. Las pequeñas cosas son las que realmente valen la pena. Mi día puede ser una mierda, pero siempre hay que buscar un atisbo de buena suerte o algún momento alegre, pues nos servirá para llevar bien todo lo malo. Tengo solamente 21 años, soy prácticamente un crío, y quizás me quede mucha vida por delante, o puede que no, nunca se sabe, pero lo que me quede, quiero ser yo quien lo viva, y de manera optimista.
Soy gilipollas, además, porque ahora tengo motivos de sobra para poder vivir de manera feliz: acabo la carrera, mi familia está conmigo, tengo una persona especial que me cuida y me mima y a la que quiero, amigos que me rodean y me arropan con todo su cariño, y un trabajo que, aun no remunerado, me está dando mucho más que un puñado de euros. Hoy, me levanto con el pie derecho, y el resto de mi vida, también.
No hay comentarios:
Publicar un comentario